Sagrados Peregrinos
 
 


No se daban cuenta de nada ‘¡Presta atención!’ me gritó el conductor del automóvil que por poco me mata, cuando crucé distraído la calle con semáforo en rojo –confiesa Fernando, que está siempre ‘en la luna’.
En el evangelio también Jesús intenta despabilarnos, sacarnos de la anestesia en la que vivimos: ‘No se daban cuenta de nada’, dice Jesús de los que vivían en tiempos de Noé, hasta que llegó el diluvio y se ahogaron todos (Mateo 24,37-44). Estaban como anestesiados, drogados, distraídos. Y quizá vos y yo hoy, como ellos “no nos damos cuenta de nada”.
-Pero, Jesús ¿De qué debo darme cuenta?, ¿Qué pone mi vida en juego hoy?
¡Su venida! Vamos al Encuentro de Jesús y su venida sucederá de un momento a otro y yo estoy preparado o distraído. Nadie puede asegurar que no sucederá hoy mismo.
- Pero es que todavía no termino de darme cuenta, de creer su primera venida en Belén. Si me diera cuenta asumiría las consecuencias.
Por eso la liturgia vuelve a proponernos en Adviento esta verdad de la fe: “Nació de santa María Virgen”, y resucitado “Ha de venir a juzgar a vivos y muertos”, como dice el credo.
Hoy viene Jesús a mi encuentro en la Eucaristía, como prolongación de su primera venida en la carne humana y como anticipo de su venida final ¿Estoy distraído o atento?
¿Qué me distrae, que me anestesia o me droga peligrosamente hoy? …
¿Qué me ayuda a salir de la anestesia, para recibir al Señor que viene? …

El hacha y el retoño En un tiempo cuidaba bien mi huerto, refiere Nicolás. Pero después me distraje en otras cosas. Sí, me distraje en otras ocupaciones y, sin cuidados, en mi huerto creció una planta dañina que rápidamente echó raíces profundas y extendió largas y torcidas ramas de frutos amargos. Sin sol, sin aire, sin agua, mis coloridas flores y sabrosos frutos se marchitaron. Huyeron con sus trinos los pájaros.
Cuando lo advertí pensé que aún no era tarde. Tomé con decisión el hacha pesada y filosa y dí contra el árbol de frutos amargos hasta cortarlo de raíz.
¡Milagro de Dios! Con la luz nueva del sol acariciándolo, iluminándolo ahora, descubrí un hermoso retoño, un brote de vida buena, una yema pujante. ¡Agradecí feliz! Otros hubieran tenido que esperar que el persistente sol, el agua, el aire regeneraran el jardín maltratado con un nuevo capullo. Pero yo tenía ahora, ahí delante mi retoño frágil, tímido, vulnerable, preñando mi huerto de futuro. Entonces, llorando de alegría, me saque los ásperos guantes y decidí cuidarlo con mis manos desnudas; decidí acompañar su crecimiento con mi cuerpo, mi alma, mi vida toda. Necesitaba respirar de nuevo; ver, tocar, escuchar, sentir y gustar la vida intensa, perfumada, sabrosa, vivificadora, de mi huerto recuperado.
“Ya esta puesta el hacha en la raíz del árbol que no da buen fruto” (Lucas 3,4-6), advierte el Bautista en Adviento. Isaías profetiza: “Un retoño despuntará de la vara de Jesé” (Isaías 11,1)
El huerto es tu corazón y Jesús el retoño. ¿Deseas que Jesús nazca en el huerto de tu vida?

Espectadores y Protagonistas También los fariseos se ponen en la fila de los que llegan corriendo para escuchar a Juan Bautista. Pero el primo de Jesús les grita en la cara: “Raza de víboras ¿Quién les hizo creer que pueden huir de la ira inminente? Den frutos dignos de conversión” (Cfr. Lucas 3,4-6). Yo se que no eres tu hipócrita. Pero corres el riesgo de vivir la Navidad como un espectador y no como un protagonista que invita a Jesús a nacer en la posada del propio corazón, con todas las consecuencias que implique.
¿Cuál es el fruto que indica hoy mi deseo de conversión, de abrir las puertas a Cristo? …

Hay que armar una Cuna, pero en el corazón Si estamos atentos, si nos despertamos y salimos de la distracción, de la anestesia, y con la incipiente llama del deseo, nos volvemos a Dios en la oración profunda y larga; buscamos su Presencia, entonces no puedo quedarme en el armado exterior del pesebre con las piezas nuevas que compre, o con los detalles que harán nuevo el antiguo. Hay que prepararle a Jesús una cuna, pero en el corazón.
La ‘escenografía’ de Navidad tiene que ayudarme a ‘preparar y disponer el alma’ como dice Ignacio de Loyola (EE.1), para recibir a Jesús en mi vida. Por eso san Ignacio se fue hasta

Tierra Santa como peregrino, para ver los lugares de los ‘misterios de la vida de Cristo’; para conocer y amar más a Jesús, para imitarlo, seguirlo y servirlo mejor. San Francisco de Asís en la Navidad de 1223 armó el 1° ‘Pesebre viviente’ de la historia, con un burro, una vaca y personas reales, vivas, en una cueva en lo alto de la montañas de Greccio. Quería imaginar y ver en detalle lo que refiere el Evangelio sobre el nacimiento de Jesús, lo que celebra la liturgia de Noche Buena y Navidad.
El lugar donde refieren los testigos que sucedió el milagroso Nacimiento; la representación con las personas y los animales vivos, ayudaron para que Ignacio y Francisco armaran una cuna para Jesús en el propio corazón. Y Jesús en sus corazones creció y los llenó de Vida.
Las piezas y la gruta del pesebre, expresiones de la religiosidad y piedad popular, son un ‘sacramental’. Es decir, en sentido estricto, son solamente el umbral del verdadero encuentro con Jesús; del ‘sacramento’ en el que Jesús hace de tu corazón y el mío un pesebre vivo. 

Una Cuna singular Al maligno no le interesa una tentación en particular. Le interesa mi distracción, que viva en la superficie de la vida y sus frustraciones. Quiere que esté distraído. Problema mío si me choca una bicicleta o me arrolla un camión. No quiere que escuche dentro de mí el anuncio liberador del ángel, como algunos pastores que se quedaron dormidos y otros que, anestesiados con su ilusión de bienestar, ‘no se daban cuenta de nada’.
Para los que están despiertos y atentos, habrá dos ‘Cunas’ esta Navidad: Una cuna es el corporal, la patena, el purificador, sobre el altar de la Eucaristía: allí viene Jesús a nosotros hoy en la misa, con el Cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad que María de Nazaret dio a luz en el pesebre de Belén, que recibió en sus brazos, que amamantó y cuidó con su esposo José de Nazaret. Pero aquí es como que Jesús está de paso, si se puede decir, porque pide la Cuna de tu corazón; de tu vida. “Bendito es el fruto de tu vientre” recitamos en el Ave María; “Muéstranos a Jesús” repetimos en la Salve, movidos por el espíritu de fe de los pobres y humildes de Belén. Y de la cuna bendita de su vientre, pasando por la cuna inclemente del pesebre de Belén, María nos muestra, nos ofrece, nos entrega al Hijo de Dios, nos lo da hoy, en el sacramento de la Eucaristía, en la comunión sacramental. Y Jesús viene mucho más aún y más interior todavía que a los pastores de Belén, porque él mismo nos arma el pesebre dentro del alma; en la vida de la familia. Porque si recibes a Jesús, no te quedas solo con él, como si la fe fuera una cosa individual, privada. Como sucedió en el pesebre de Belén, que inmediatamente se llenó de gente, de pobres y humildes, así Jesús, dentro de nosotros, nos abre el corazón; atrae a los prójimos con la luz de su Amor y misericordiosa, que brilla en tus ojos que ahora ven al hermano, brilla en tu sonrisa de reconciliación y de consuelo; en la tierna caricia de tus manos con los más frágiles y pequeños. Es algo que solo con Jesús en el corazón podemos dar al hermano. “Les doy un mandamiento nuevo: Ámense entre Uds. como los amo yo.” (Cfr. Juan 15).

Vida nueva para toda la humanidad Afirman nuestros obispos en el Documento de Aparecida “(DA 107) Bendecimos al Padre por el don de su Hijo Jesucristo, “rostro humano de Dios y rostro divino del hombre”. "En realidad, tan sólo en el misterio del Verbo encarnado se aclara verdaderamente el misterio del hombre. …".  (DA 30) …Anunciamos a nuestros pueblos que Dios nos ama, que su existencia no es una amenaza para el hombre, que está cerca con el poder salvador y liberador de su Reino, que nos acompaña en la tribulación, que alienta incesantemente nuestra esperanza en medio de todas las pruebas. “(DA 251) La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo. …La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido. (DA 252) Se entiende, así, la gran importancia del precepto dominical, del “vivir según el domingo”, como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial. …”

 

 
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