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Revelan el significado de tu vida (Audio)
En noviembre termina un ciclo litúrgico y con el Adviento empieza otro. Y con esto se tocan los extremos del tiempo, por decir así: la madurez de Cristo con la renovación de la preparación para su Nacimiento. Nos revelan el significado de la existencia humana porque Jesús es el camino del hombre.
El ciclo termina con Cristo soberano, como brillante Sol del universo, en la plenitud de su estatura de Dios-hombre. Pero este Jesús de Nazaret no está solo. Su resplandor es la multitud incontable de ‘Todos los Santos’, celebrados el 1 de noviembre. Aquellos que con Él ya alcanzaron la victoria y por tanto, la plenitud humana en comunión total con lo divino.
También al final del ciclo recordamos a ‘Todos los fieles Difuntos’. Transitan la muerte de Cristo para alcanzar su plenitud. Se purifican.
Inmersos en el ‘ciclo’ vital que celebra la liturgia estamos también nosotros, los peregrinos, que luchamos aquí para alcanzar la estatura de Cristo resucitado. Nuestro camino hacia Cristo, Santuario del Amor victorioso y feliz, esta simbolizado por las peregrinaciones a los santuarios y templos de aquí, donde crecemos por el Encuentro sacramental con Jesús. Y en noviembre celebramos 3 de las 6 ‘basílicas mayores’ del mundo: los templos de Roma de san Juan de Letrán, San Pedro y San Pablo.
Brillante Sol Victorioso
La imagen del fin del ciclo litúrgico bien puede ser la representación de Jesús resucitado, como un Sol brillante rodeado de aquellos que luchando con él, amplían hoy el resplandor de su Gloria. En la sombra, purificándose, hacen su tránsito hacia la Gloria los difuntos queridos. Y abajo, los peregrinos hacia la plenitud de Cristo. Pero, salvo excepciones, en nuestros templos Latinoamericanos no son comunes las imágenes de la Gloria de Dios. Somos de las imágenes de la Cruz, porque en la cruz vemos la cercanía del Hijo de Dios a nuestros trabajos y penas, y su Amor hasta el extremo por nosotros. Pero resulta que también la cruz es signo de la victoria de Cristo; de su Señorío o Reinado.
Si lo miramos bien, ya en la cruz Jesús es soberano; es Señor de sí mismo, libre. No le quitan la vida, él la ofrece, la entrega por nosotros y para nosotros. Y nada puede contra este ‘Señorío’.
Cristo soberano en la cruz
Precisamente en la fiesta de Cristo Rey del ciclo C, leemos el Evangelio de Lucas con algunos pormenores de Jesús crucificado (Evangelio Lc. 23,35-43).
La victoria de Jesús sobre el mal pasa por su señorío de sí mismo primero. Él no devuelve mal por mal. En su cuerpo herido termina la violencia de los que intentan eliminarlo, la tortura, la pena de muerte, y durante su ejecución la prueba de la burla, los insultos. Sostenido por el Espíritu de Amor, de perdón, de reconciliación, Jesús no devuelve mal por mal. En vez de castigar y sacrificar a los otros destruyéndolos, él se sacrifica a sí mismo, se ofrece en sacrificio para el perdón y la comunión en el Amor de Dios con nosotros y entre nosotros. No nos libera matándonos, como hacen los fundamentalistas, sino dando su propia vida por el otro.
Muchos nos enojamos, y dominados por la ira destruiríamos si pudiéramos al que nos agrede. Así la violencia no termina nunca. Y no digamos nada de la violencia que domina a los que manejan el ‘Sistema’; el ‘Mercado’, que hasta disfrazan de humanismo y solidaridad su interés perverso y asesino; de los poderosos que ejercen terrorismo de estado, de los terroristas y fundamentalistas que lucran con la violencia.
Jesús en cambio no devuelve mal por mal, pudiendo realmente destruir a sus enemigos no lo hace y nos pide que actuemos así (Mateo 5,38: “Si te pegan en una mejilla pon la otra”; Juan 18,36: “Si mi reino fuera de este mundo mis servidores hubieran combatido” le responde Jesús a Pilato que lo interroga). Porque Jesús es Señor de sí y no lo derrota la violencia –aún cuando parece-, ni la tentación, ni la infidelidad nuestra, ni siquiera la muerte. Vence. Y así conquista su Señorío sobre el universo entero, con su Amor paciente y humilde, herido y victorioso. Su Victoria y su Señorío ya aparecen en la cruz.
“¡Que todos aúnen sus fuerzas para que termine la violencia!” pide Benedicto hoy, cuando en oriente, entre otros, mueren cristianos asesinados por su fe. Desde su ‘Señorío’ Jesús nos llama a trabajar por su Reino; a transformar el mundo con el Amor de su Corazón herido y victorioso.
Por eso los cristianos -con el inicio del nuevo ciclo litúrgico ‘A’; con el Adviento- volvemos al origen, al inicio del camino de Cristo. Para que reine la paz, la libertad, el Amor en el corazón de cada uno, en cada familia, en la comunidad, en el mundo, la Palabra de Dios se hace carne en el seno de la Virgen de Nazaret y nace en Belén como nuestro compañero de camino hacia le plenitud de la estura y madurez humana. Pongámonos espiritualmente entonces en el origen del camino del Dios-con-nosotros, preparémonos en el adviento a la celebración del Nacimiento de Aquel que es nuestro Camino. Que la contemplación de los ‘misterios de Cristo’ nos lleven por este Camino.
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