Sagrados Peregrinos
 
En Baja
 
 
 
 
 


En la cuna del silencio, en el regazo de María de Nazaret, Jesús toca el corazón herido, cargado, gastado, oscurecido por la angustia, la pena, la vida herida y la muerte de los seres queridos. Y en el mismo pecho nuestro nos acaricia los hijos, la familia, a los atribulados por los que rezamos y para los que pedimos la bendición de la esperanza.
Roguemos antes la gracia de la oración que es la gracia del silencio para escuchar esta palabra que Dios nos dice , de modo que esta Palabra se haga carne en mi en la cuna del silencio (Ejercicios espirituales nº 109) Podemos pedirle esto a la Virgen Madre.
Para escuchar y contemplar esta Palabra de Esperanza hay que salir; atravesar la propia noche turbia, como hicieron los pastores: “Vayamos a ver esta Palabra...”. Hay que revelarse contra la esclavitud del yo-mío-para-mi, egoísta y mezquino, y buscar esta Palabra vivificadora en el lugar donde menos voy o donde me cuesta tanto porque es incómodo, porque hay otros y me expongo al encuentro, al diálogo... Ese diálogo donde se decide la suerte de la Palabra , la suerte del niño que el Padre Dios nos pone en las manos.

“María GUARDABA esta Palabra en su corazón” ¿Seguirá Jesús excluido, sobrante y descartable, para morir de hambre, de frío, de soledad, en la intemperie de nuestro miedo o de nuestra soberbia, o construiremos un hogar, una familia, una patria (casa de los padres), dialogando, poniéndonos de acuerdo; renunciando al orgullo y a los intereses particulares, para que la Palabra de amor de Dios tenga lugar, espacio y pueda crecer, vivir y llenarnos de esperanza, ternura, amor, consolación del Reino? (Ejercicios 316)

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