Sagrados Peregrinos
 


Esta más cerca de lo que imaginaba

 

Les cuento: Decidí escaparme del aeropuerto hasta el centro histórico de Ciudad de Méjico, porque faltaban más de 3 horas para el vuelo a Santo Domingo. Indique al taxista que me llevara a la Catedral, pero respondió que había corte de calles por una manifestación, y me ofreció: “puedo llevarlo al santuario donde van todos los que vienen de afuera”. Inmediatamente entendí que se trataba del santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, que yo imaginaba más lejos de la ciudad. “¡Claro que sí, lléveme ahí!”.
Descubrí la cúpula de la inmensa basílica varias cuadras antes, entre los otros edificios y los toldos de los puestos de venta de comida y objetos religiosos, hasta que llegue a la gran emplanada de los dos templos, el antiguo y el nuevo mucho más grande. Detrás, el cerro Tepeyac donde Ella habló con Juan Diego. Entendí que lo que ya veía de lejos, a través de la puerta ancha, era el cuadro de la Virgen, y ahí me cayó de golpe sobre el cuerpo y el alma el hábito del peregrino. Quedé mudo, no me venía ninguna oración ni pensamiento. No me animaba a levantar los ojos para ir reconociendo poco a poco la imagen de la Madre de Latinoamérica, a quien hace 30 años prometí visitar como peregrino. No podía creer que ya estuviera ahí. Después de ver a varios que entraban al templo de rodillas y la concentración de los devotos en oración, levanté los ojos con emoción y asombro y la miré.
Hoy, alojado ya en Ciudad de Méjico, no esperé la visita al Santuario programada en el encuentro jesuita, y volví a visitar a la Virgen con ruegos bien precisos en el corazón, pero sintiendo que estar ahí y mirarla, es ya una oración profunda.
Contemplando la milagrosa imagen, me impresiona que sea el mismo poncho del indio Juan Diego el que está ahí, como una foto de la Madre de Dios y nuestra. 
El 15 de agosto celebramos la Asunción de María al cielo. En las imágenes orientales es la Dormición de la Virgen Madre, porque María de Nazaret no murió. Jesús resucitado sostiene en sus brazos el alma de María, detrás de los apóstoles que contemplan su cuerpo dormido. En las imágenes occidentales María de Nazaret se eleva sobre una nube que sostienen los ángeles. En cualquier caso la Madre de Dios y Madre nuestra no nos abandona, sigue haciendo de madre en el cielo, y nos visita con grandes milagros y caricias al alma, como se puede comprobar en las apariciones de nuestra Señora de Guadalupe en Méjico. Como dice el canto que escuche en el Santuario: “La Virgen María bajo del cielo al Tepeyac”.
Guillermo Ortiz SJ
 
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